lunes, 31 de mayo de 2021

EL EXTREMO DE SUMISIÓN AL QUE HEMOS LLEGADO

 LA LIBERTAD EN TIEMPOS DEL CÓLERA

 (Conferencia pronunciada con motivo de la recepción del Premio Publicación Liberal 2020 entregado por el Club Liberal Español)

   Agradezco muchísimo al Club Liberal Español y a su Presidente su gentileza al concederme este Premio Publicación Liberal 2020 en reconocimiento a la defensa de los derechos y libertades individuales y del Estado de Derecho. Pocos reconocimientos pueden hacerme mayor ilusión, pues la defensa de la libertad fue uno de los dos motivos por los que hace casi una década comencé a escribir en el diario Expansión, al que en justicia extiendo este premio. Sin libertad no hay capacidad de elegir el bien, ni hay posibilidad de amar. Por ello, este maravilloso don es el regalo de Dios que más nos dignifica.

   La libertad en Occidente está sufriendo un ataque que recuerda a los totalitarismos del s. XX: el nazismo, que afortunadamente duró sólo 12 años, y el comunismo, que duró 70 años pero cuyo blanqueamiento en la Segunda Guerra Mundial le ha permitido continuar socavando con su corrosiva dialéctica e ideología los valores de los países occidentales bajo distintos disfraces. Como una hidra de muchas cabezas, cada una de ellas lleva consigo el tufo del mal: la mentira, el miedo y la discordia. La lucha de clases ha sido sustituida por el enfrentamiento entre la naturaleza y el hombre, entre el hombre y la mujer, e incluso entre la madre y el hijo que lleva en su vientre. Evidentemente, el actual ataque a la libertad es más sutil y menos basto que el perpetrado por los dos totalitarismos mencionados, pero no por ello menos destructivo si permitimos que haga metástasis.

   No son las circunstancias exteriores las que nos dan la verdadera libertad ni desde luego este derecho inalienable de la persona es una concesión del poder político. Sin embargo, el poder político puede recortar nuestra libertad exterior, como hemos comprobado repetidamente a lo largo de la historia y, recientemente, en este experimento totalitario realizado bajo la coartada de una epidemia. De hecho, todo ciudadano libre que desea seguir siéndolo se muestra siempre receloso ante el poder político, sea del color que sea, pues es consciente de que la libertad exterior estará permanentemente amenazada por un poder cuya propia naturaleza, casi de forma fatalista (como el escorpión de la fábula de Esopo), le impele siempre a la expansión. Utilizando un símil del Oeste, el ciudadano libre nunca sale de la cabaña sin su rifle y se mantiene siempre en guardia, también en aquellos sistemas democráticos que a veces anestesian a la población con un reduccionismo que acota el concepto de libertad simplemente a poder elegir entre el candidato malo y el peor una vez cada cuatro años. En este sentido, a veces me pregunto si Napoleón tenía razón cuando afirmaba que hay más posibilidades de encontrar un buen soberano por herencia que por elección. Sin embargo, la libertad política, siendo importante, no es ni mucho menos la más esencial al hombre, y a lo largo de la historia ha habido multitud de sistemas políticos que carecían de libertad política pero que, no obstante, tenían altos grados de libertad personal, en ocasiones más elevados que los que disfrutamos hoy.

   Un flanco del brutal ataque a la libertad que estamos sufriendo es la práctica unanimidad mediática en la defensa de las consignas establecidas, que no son cuestionadas prácticamente por ningún medio, ajenos ya en general a la búsqueda de la verdad y controlados por intereses ideológicos o corporativos. En añadidura, la libertad de expresión ha sido estrangulada en muchos países occidentales con nuevos ejecutores que no pertenecen al poder político, como son los risiblemente llamados fact-checkers o verificadores, nacidos aparentemente por generación espontánea, censores mercenarios bastante burdos que aman la verdad tanto como el vampiro al agua bendita. Los otros ejecutores del nuevo totalitarismo son las grandes empresas tecnológicas, que censuran abiertamente ciertos contenidos sin mayores explicaciones y cuyos líderes ya no ambicionan dinero sino poder para modelar la realidad de acuerdo a su voluntad con rasgos que en ocasiones rozan la psicopatía y el mesianismo. Que haya personas – incluyendo un presidente de los EEUU– que sean censurados y condenados al silencio perpetuo por defender unas ideas, o que haya plataformas que impidan que se ofrezca una información científica o una opinión disidente debería alarmarnos mucho. Naturalmente el doble rasero que aplican carece de todo pudor: los que defienden unas determinadas ideas son amordazados, encadenados y obligados a ir al paso, mientras que a los que defienden violenta y desabridamente el pensamiento único aprobado por el nuevo orden se les espolea para que puedan galopar sin trabas. No olviden que la verdad cae por su propio peso, mientras que la mentira debe imponerse mediante la violencia.

   Existe otro nivel de libertad más íntimo, que es la libertad de conciencia y de pensamiento, objeto también de un ataque sin precedentes por parte de poderes globales que trascienden los gobiernos nacionales y que pretenden vanamente recrear al ser humano a su propia imagen y semejanza. Este ataque comienza en la educación, con políticas que persiguen pervertir a los más pequeños, y continúa con la propaganda martilleante que quiere darle la vuelta a todo y hacernos creer que el mal es el bien, la esclavitud, libertad, la oscuridad, luz, y la mentira, verdad. Con total cinismo, los mismos que preconizan el relativismo fijan unos límites infranqueables de lo que puede creerse y lo que no. En última instancia, el principal objetivo de este ataque es la completa destrucción de la esencia del ser humano y de los valores cristianos, verdadero cimiento de lo que ha sido definido como civilización occidental. Al principio de la conferencia decía que la defensa de la libertad era uno de los dos motivos por los que comencé a escribir. El otro motivo es la defensa de la verdad. Sin verdad no puede haber verdadera libertad, por lo que la defensa de la libertad exige necesariamente la defensa de la verdad. “La verdad os hará libres”, dijo Cristo. En efecto, la verdad, el bien y la libertad van siempre de la mano, de igual modo que la mentira, el mal y la esclavitud van siempre juntos. “No puede haber verdadera libertad sin verdad o en oposición a la verdad”, dijo san Juan Pablo II, y no por casualidad Hayek incluyó en Camino de Servidumbre un capítulo titulado El Final de la Verdad, del que más tarde leeré un elocuente párrafo.

   La epidemia del covid ha mostrado en toda su desnudez esta ofensiva contra la libertad y se ha convertido en un reflejo tanto del estado de postración general en que se encuentra la sociedad actual como de las intenciones del nuevo totalitarismo, que huele la debilidad social como los tiburones la sangre de una herida.

   Durante casi dos décadas, uno de mis hobbies ha sido leer literatura médica, por lo que me resultó natural empezar a leer investigaciones sobre el coronavirus para tratar de orientarme en un mar de confusión que no distinguía entre los datos y las opiniones, uno de los males de la sociedad actual. También tuve que luchar contra la evidencia anecdótica de casos cercanos (“tengo un amigo que…”) evitando el sesgo cognitivo conocido como availability bias, por el que juzgamos exageradamente la probabilidad de ocurrencia de un suceso por la facilidad con que un ejemplo viene a nuestra mente, ya sea por experiencia propia o porque lo hemos leído en un periódico. Muy pronto descubrí que la mayor parte de lo que decían políticos, medios de comunicación y la mayoría de “expertos” entrevistados, correveidiles de la consigna de turno, sobre la enfermedad y las medidas para combatirla, no se apoyaba en evidencia científica sino en intereses espurios, creencias supersticiosas y simples habladurías. Por este motivo, y por respeto a la verdad, decidí iniciar una serie de artículos de divulgación científica sobre el covid, cada uno conteniendo entre 15 y 30 notas a pie de página enlazando con las fuentes y tras los cuales hay muchas horas de estudio.

   Las consignas del nuevo totalitarismo al hilo de la pandemia comenzaron por el mismo origen chino del virus chino. Repito el adjetivo porque, durante un tiempo, y según los censores-difamadores antes mencionados, utilizarlo por parte de quienes osaban cuestionar la consigna del origen natural de coronavirus (en aquel pangolín, recuerden, que aún está en busca y captura) era sinónimo de paranoia. Sin embargo, desde el primer momento la lógica abonaba la duda sobre la verosimilitud de la versión oficial. El sentido común y las probabilidades nos ofrecían algunos indicios. ¿Qué probabilidad hay de que, de todos los pueblos y ciudades del planeta Tierra, aparezca este coronavirus precisamente en una ciudad donde hay un laboratorio con problemas de seguridad que lleva años jugando con ese mismo tipo de coronavirus sin que haya provenido de ese laboratorio? Y si esta probabilidad es remota, aún más baja es la siguiente: ¿Qué probabilidad hay de que un régimen comunista diga la verdad? Como es bien sabido, la mentira es tan esencial para su supervivencia como el agua para los seres vivos. Investigaciones más recientes, especialmente del periodista norteamericano Nicholas Wade, apuntan como teoría más probable que el virus no surgió espontáneamente sino que provino de un escape del laboratorio de Wuhan y que su pista fue borrada por una mezcla de corrupción científica y opacidad política. Léanlo y extraigan sus propias conclusiones. Tras más de tres millones de muertos, el escándalo debería ser mayúsculo y culminar en una investigación de verdad y no en la farsa que hizo la viciada OMS de la mano de la propia China. Sin embargo, la mayoría de los medios se mantienen silentes o tibios, balando tiernamente como corderitos, mientras tenemos que aguantar que el líder de la dictadura china acuda a Davos a sermonearnos. Pregúntense por qué.

Una vez descontrolado el virus por el mundo, y bajo la coartada de una pandemia definida, no lo olviden, como “una gran oportunidad” por el Presidente del Foro Económico Mundial, los poderes globales, que como las meigas, haberlos, haylos (e incluso en ocasiones tienen cierto parecido físico), decidieron aprovechar para realizar un experimento totalitario precedido, como toda gran ofensiva, por un bombardeo masivo. Este bombardeo de “conmoción y pavor” estaba destinado a crear un estado de miedo intenso y permanente en la población de modo que se sometiera dócilmente a brutales (y probablemente ilegales) restricciones a la libertad que habrían resultado por completo inconcebibles un mes antes. Así, comenzó la campaña de terror, una campaña orquestada para aterrorizar a la población y manipularla con la culpa haciéndole creer que si no obedecía alguien moriría. Empezó a publicarse (¡diariamente!) el número de muertos por una sola enfermedad, sin ponerlos en el contexto de la tasa diaria de mortalidad normal, algo sin precedentes. Luego comenzaron a publicitarse los estadísticamente improbables casos graves en población adulta sana o jóvenes, o el contagio por superficies cuya extrema improbabilidad de ocurrencia es ahora vox populi pero que yo denuncié hace exactamente un año, o las secuelas a largo plazo (muy minoritarias y generalmente leves) y el llamado “covid persistente”, sobre cuya existencia real existen serias dudas, o las reinfecciones severas, documentadas sólo en unas docenas de casos a nivel mundial, o las variantes “peligrosas”, que se suceden una a otra sin que pase absolutamente nada a pesar de titulares de copia y pega, y un largo etcétera. De forma contradictoria, a la vez que se canonizaban las vacunas se ponía en duda la inmunización natural tras haber pasado el covid a pesar de que un creciente cúmulo de evidencias apuntaban ya desde hace muchos meses a que la inmunización natural probablemente iba a durar años. Tras un año denunciando estos excesos sintiéndome un poco como voz que clama en el desierto, quizá sea precisamente éste el papel que debemos jugar hoy en día los defensores de la libertad como los que nos reunimos alrededor del Club Liberal. ¿Cuál era el objetivo? El objetivo era crear en nuestra mente la imagen de un súper virus con súper poderes, un “asesino invisible”, en palabras del primer ministro británico, que podía acecharnos tras cada esquina y que desafiaba las leyes de la física, las leyes de la medicina o de la lógica. La realidad era distinta, naturalmente. El SARS-CoV-2 era un virus respiratorio más, mucho más letal que la gripe, sin duda, pero que seguía pautas comunes a otros virus respiratorios, como por ejemplo la distribución demográfica de su gravedad y letalidad. Para que se hagan una idea, aproximadamente el 90% de los mayores de 80 años contagiados por covid sobreviven, el 99% de los de 65-70 años, el 99,9% de los de 45-50 y el 99,99% de los de 30-35. Para edades más jóvenes hacen falta más decimales y se puede redondear al 100%.

   Por otro lado, las medidas tomadas por los gobiernos han sido, en su inmensa mayoría, acientíficas, paripés para dar la sensación de que se estaba haciendo algo y, sobre todo, experimentos sociales de control de la población y, por tanto, epidemiológicamente inútiles, como muestran tercamente los resultados en todo el mundo: confinamientos, mascarillas (salvo quizá en entornos cerrados, concurridos y mal ventilados con personas contagiadas o claramente sospechosas de estarlo, pero desde luego no al aire libre), limitación completamente arbitraria del número de comensales en 4, 6 o π 2 , cuarentenas de 14 días cuando desde marzo de 2020 se sabe que no se encuentra un cultivo viral positivo más de 8 días después de los primeros síntomas, el abuso en el uso del PCR y la incorrecta interpretación de sus resultados, etc. Aunque la respuesta de la población haya sido distinta en distintos países, en España se han obedecido todas las medidas, por absurdas, acientíficas y contradictorias que fueran, con un espíritu tristemente sumiso y borreguil, sin ánimo de injuriar a nadie, pero sin que hayan surgido las protestas o la resistencia civil que sí hemos visto en otros países. Déjenme que realice una comparación políticamente incorrecta. Hace tres meses, el estado de Tejas, con sólo el 7% de su población vacunada, decidió abolir absolutamente todas las restricciones y apenas tiene casos o muertes. Desde hace tres meses no hay mascarillas ni en interiores ni en exteriores, ni cierres, ni limitaciones, ni horarios, ni histeria, tan sólo la vieja y querida normalidad. En la Comunidad de Madrid, hoy con un 15% de la población vacunada (y un porcentaje muy superior inmunizada naturalmente), su presidente, defensora de las medidas estándar liberticidas y acientíficas, es decir, de toques de queda, mascarillas al aire libre, limitación de comensales, prohibición de traer un par de amigos a casa o cierres perimetrales, se ha presentado recientemente a las elecciones autodenominándose “campeona de la libertad” y las ha ganado con amplia mayoría, y aquí seguimos, con restricciones arbitrarias que no sirven para nada. Sé que en otras regiones la opresión es aún más irrespirable, pero algo no funciona. En Tejas hay libertad sin alharacas; en Madrid, no la hay, mientras su líder presume de ella. ¿Qué nos pasa en España? Más allá de simpatías políticas, ¿cómo no preocuparnos ante este síndrome de Estocolmo, síntoma preocupante de lo poco que valora el español su libertad, de lo entregado que está a las veleidades de los que mandan, casi hasta el servilismo, y de lo fácilmente que cae presa de propagandas simplonas? Quizá esto explique el éxito rotundo que esta campaña para aterrorizar y subyugar a la población ha tenido en España, y que nos permite extraer varias lecciones.

   La primera es que la libertad es menos popular de lo que habitualmente se cree. Cuando Moisés sacó al pueblo judío de la esclavitud en Egipto, pocos días después cruzar el mar Rojo, “la comunidad de los hijos de Israel murmuró contra Moisés diciendo: ¡Ojalá hubiéramos muerto en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos alrededor de la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos (Ex. 16)!” Es decir, que frente a la incertidumbre de la libertad los judíos preferían la seguridad de la esclavitud. El precio de su libertad se establecía en una olla de carne y pan en abundancia. Cuando al hombre se le da a elegir entre libertad y seguridad, ¿qué prefiere? Es ésta una pregunta esencial, pues tendemos inocentemente a creer que el hombre siempre desea la libertad. Sin embargo, la libertad exige un cierto grado de madurez y de confianza en uno mismo, pues lleva aparejada la responsabilidad y la aceptación de que los actos tienen consecuencias y de que hay que asumir las consecuencias de las decisiones tomadas. ¿Qué preferimos – o qué han elegido ya - los españoles, libertad o seguridad? Lo peor es que éste es un dilema tramposo, pues ningún ser humano puede garantizar una seguridad que está fuera de su alcance. De hecho, si algo nos ha enseñado esta epidemia, cuyo cénit a nivel nacional quedó definitivamente atrás hace ya un año (a pesar de que continúen la campaña de terror y las restricciones), es que no controlamos nada, que no existe seguridad, que no sabemos qué nos deparará el mañana, pero que así es la vida, llena de incertidumbre, y está bien así. Incertidumbre no significa necesariamente peligro, sino que no podemos controlar el futuro a la perfección como querríamos pero que, no obstante, confiamos en nosotros mismos lo suficiente como para saber que superaremos lo que venga. Esta ley de vida era aceptada por nuestros antepasados con la mayor naturalidad del mundo, pero quizá tenían un sentido más claro de la existencia de un asombroso y providente Creador y simultáneamente una visión más realista de las limitaciones de esta pequeña criatura llamada hombre, pero la incertidumbre choca en el hombre moderno, tan enamorado de sus adelantos técnicos, enfermo de la ilusión de control y, con frecuencia, de una fatal arrogancia. Este trueque de libertad a cambio de seguridad cambia a peor cuando se hace creer que se están salvando vidas. En efecto, la seguridad física inclina la balanza hacia la servidumbre. De este modo, enfrentados ante el escenario de la muerte, interesada y exageradamente presentado por el poder político, los ciudadanos no han dudado en convertirse en obedientes súbditos.

   La segunda lección es que la población es tremendamente vulnerable al abuso del principio de autoridad, y si un supuesto “experto”, como los definen cansinamente los periodistas, particularmente si está titulado o trabaja en alguna universidad extranjera (¡qué complejos arrastramos aún!), dice una serie de insensateces, todo el mundo le cree aunque su historial predictivo durante la epidemia haya sido lamentable y sus afirmaciones sean ilógicas o acientíficas. No debemos dejarnos intimidar por supuestos “expertos” cuyo mensaje nos chirríe. Antes bien, debemos preguntarles en qué evidencia basan sus afirmaciones sin olvidar nunca que el sentido común es la mitad de todo conocimiento. En efecto, a lo largo de este año cualquiera que estuviera al tanto de las investigaciones y estadísticas de covid no podía sino escandalizarse ante los bulos propagados por “expertos” (con o sin bata blanca) mediante afirmaciones frívolas y con frecuencia falsas. Ignoro si tenían ánimo de engañar por algún motivo o de exagerar porque pensaban que era su deber asustar a la gente aunque fuera a costa de la verdad; o si, conocedores de que sólo se daba altavoz al alarmismo, caían presa de un cierto afán de protagonismo y de la vanidad que alimenta la popularidad (por otra parte, tan efímera). O es posible que fuera por simple ignorancia y que no hubieran leído una sola estadística de covid ni una sola investigación seria sobre la enfermedad, pues parecían tomar como fuente de información la rumorología o la sección de sucesos de un periódico de provincias en vez del BMJ, el Lancet, el NEJM o las más simples estadísticas.

   La tercera y última lección es que si asustamos lo suficiente a la población y encima la culpabilizamos podemos convertirla en un grupo de esclavos atados por la superstición y el miedo, controlados por la autocensura y por los delatores y colaboracionistas que, como en la época de la Stasi, están más motivados por la envidia y la malicia que por el altruismo. El pánico impide pensar, y la culpa nos manipula con enorme eficacia. Si las autoridades nos hubieran convencido de que el virus sólo ataca a partir de un metro de altura, ¿andaríamos por la calle a cuatro patas criminalizando a quien caminara erguido? Si hemos aceptado la bárbara imposición de no poder despedirnos de nuestros seres queridos ante su muerte, ¿por qué no íbamos a aceptar andar a cuatro patas? A ese extremo de sumisión hemos llegado.

   Termino ya. En el capítulo El Final de la Verdad de Camino de Servidumbre, Hayek hace la siguiente observación. Escuchen por favor con atención: “El sentimiento de opresión en los países totalitarios es menos agudo que lo que se imagina la mayoría de personas en los países liberales porque los gobiernos totalitarios han conseguido en alto grado que la gente piense como ellos desean que lo haga. Ello se logra, evidentemente, por las diversas formas de propaganda (…), cuyas consecuencias profundas son la destrucción de toda la moral social, porque minan uno de sus fundamentos: el sentido de la verdad y su respeto hacia ella (…). La necesidad de doctrinas oficiales, como instrumento para dirigir y aunar los esfuerzos de la gente, ha sido claramente prevista por los diversos teóricos del sistema totalitario (…). No es difícil privar de independencia de pensamiento a la gran mayoría, también hay que silenciar a la minoría que conservará una inclinación a la crítica (…). El credo oficial, cuya adhesión se impone, abarcará todas las cuestiones concretas sobre las que se basa el plan. La crítica pública, y hasta las expresiones de duda, tienen que ser suprimidas porque tienden a debilitar el apoyo público. Así, la prensa se usará exclusivamente para propagar aquellas opiniones que, verdaderas o falsas, refuercen la creencia en la rectitud de las decisiones tomadas por la autoridad y se prohibirá toda la información que pueda engendrar dudas o vacilaciones”. Hayek realizó esta descripción del totalitarismo en 1944. ¿No describe acaso lo que estamos viviendo?

   Tras sobrevivir a los campos de concentración, Viktor Frankl descubrió que “al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias”. Así, el realismo en el diagnóstico de esta amenaza a la libertad que vivimos no debe llevarnos al pesimismo o a la melancolía, ni muchísimo menos. Estamos inmersos en un combate muy real, y como combatientes podemos aspirar a tener la actitud personal que demandan las Reales Ordenanzas del Ejército Español: “valor, serenidad y espíritu de lucha, prosiguiendo el combate con ánimo resuelto, con voluntad de vencer y moral de victoria, hasta conseguir el éxito”.

Fe ciega en el triunfo. Muchas gracias.
Fernando del Pino Calvo-Sotelo
 www.fpcs.es
 Club Liberal Español, 26 de mayo de 2021

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