lunes, 30 de mayo de 2011

PARA MUESTRA, UN BOTÓN


Algo huele a podrido en Melilla



“Melilla nos estallará en las manos antes de 25 años. No se puede conceder la nacionalidad española a quien cifra su pertenencia a nuestro país en el interés y no en una voluntad clara de integración”. Estas palabras premonitorias fueron pronunciadas en 1988 por un ex diputado nacional del PP, que fue posteriormente expulsado del partido. Como él, muchos melillenses de origen español pusieron el grito en el cielo por las consecuencias que intuían a medio y largo plazo de unas leyes de extranjería que contemplaron la concesión de 20.000 DNI a marroquíes que a finales de los 80 residían en Melilla. Muchos ni siquiera hablaban español. Hubo incluso quien presentó un volante médico como prueba de arraigo en la ciudad. Nunca ser español se cotizó tan bajo.
En otra demostración de la escasa capacidad previsora de los políticos españoles, los dirigentes del PSOE y del PP se volcaron desde entonces por pescar en el río revuelto de aquella regularización masiva para captar a sus futuros votantes. El diputado díscolo del PP, ya fallecido, se mantenía en sus treces: “Nos equivocamos una vez más. Cuando los musulmanes tengan peso estadístico en la ciudad, no necesitarán al PSOE ni al PP. Montarán su propio partido”. Vox Dei.
Las elecciones autonómicas celebradas hace 8 días en Melilla prueban la exactitud de aquellas predicciones. Melilla transita hoy por el peor de los escenarios posibles: la polarización de la población entre españoles y musulmanes.
En ese maremagnum sociopolítico despunta la figura de Mustafá Aberchám, el líder del partido de mayoría musulmana Coalición por Melilla, que con siete diputados se ha convertido en la segunda fuerza política de la ciudad. El oscuro pasado de Aberchám ha sido objeto de una inquietante rumolorogía en esta campaña. Se sabe que ejerció su profesión médica en Afganistán y que sus lazos con líderes islámicos de todo el mundo no han hecho más que acentuarse todos estos años. Lidera un partido que tiene a varios de sus miembros imputados en delitos como blanqueo de dinero, tráfico de drogas y fraude electoral. Simpatizantes de su partido agredieron al  candidato del PP a la presidencia de la ciudad, Juan José Imbroda, el primer día de la campaña electoral. Tras la victoria del PP, musulmanes radicales trasladaron a la ciudad española imágenes de la intifada.  Barrios de mayoría musulmana, como Cañada de Hidum y Reina Regente, fueron escenarios de graves disturbios cuando grupos de radicales quemaron contenedores de residuos urbanos, lanzaron piedras y prendieron fuego a algunos vehículos estacionados. La acción violenta de estos radicales islámicos obligó a un amplio despliegue policial. Ni Aberchám ni su partido han condenado los hechos.
“Lo que está ocurriendo en Melilla era algo fácil de prever. Los árabes son incapaces de tripular su propia travesía por la democracia y siempre terminan dirigiendo sus pasos hacia el extremismo islámico”, declara a nuestra redacción Juan Díez de la Cortina, ex secretario general de la influyente APROME, una entidad españolista de carácter civil que rechaza abiertamente la multiculturalidad.
Nuestro interlocutor se abona también a la tesis defendida estos días por un reputado jurista malagueño. Defiende la potestad del Gobierno de retirar la nacionalidad española, en tanto privilegio graciable, a quien sin ser español de origen perturbe la convivencia en España por razones políticas o religiosas.
El último capítulo de la creciente desafección entre los musulmanes de Melilla y las reglas imperantes en cualquier sociedad civilizada lo ha escrito el propio Aberchám en toda una acusación de principios. Pretende recurrir las elecciones del pasado 22 al asegurar que “entre 1880 y 2200 votos musulmanes se han comprado a 50 y 100 euros”.
Sin pretenderlo, el líder islámico nos muestra cuál es el nudo gordiano de la conflictividad de Melilla. Que un dirigente musulman admita sin ambages que cientos de los suyos están dispuestos a canjear su voto por una pequeña compensación económica, nos muestra de forma nítida la verdadera envergadura del conflicto. La de los musulmanes y la democracia es una ecuación tan complicada como difícil de defender en nombre de los valores que durante siglos han alumbrado al entero Occidente.

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