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jueves, 16 de agosto de 2018

¡PERDONA QUE INSISTA!, PERO EL INDESEABLE LLARENA TIENE QUE ACABAR EN EL BANQUILLO



Queda poco para que llegue el 4 de septiembre, fecha en la que el juez instructor, Pablo Llarena, ha sido citado para comparecer ante la justicia belga por una denuncia interpuesta por parte de Carles Puigdemont y los consejeros que allí residen. Han denunciado el hecho de que el juez español, Llarena, no ha actuado de manera independiente ni objetiva a la hora de llevar a cabo su instrucción en la causa que les investiga por los supuestos delitos de rebelión, sedición, y desobediencia. 

En su momento, el actual ministro de Asuntos Exteriores, Josep Borrell, intentó interceder ante el gobierno belga para que éste, a su vez, hiciera lo mismo ante su propia justicia, dando así cobertura al juez español. Sin embargo, la respuesta que Borrell recibió por parte del ministro belga fue sencilla: la justicia ha de ser independiente. Y de esa respuesta puede entenderse que quisiera darle una explicación múltiple: por un lado, que la justicia española debía ser independiente; pero al mismo tiempo, también venía a decirle que el gobierno belga no tenía nada que hacer ante los tribunales, y que por eso, la justicia debía ser independiente. Los belgas lo tienen claro y así han venido demostrándolo, sobre todo con el asunto de Cataluña. Porque es preciso recordar que, tras la resolución del tribunal federal alemán, mediante la cual se dictaminaba que Puigdemont no sería entregado a España para ser investigado por otra cosa que no fuera una posible malversación, la justicia belga también determinó el fin de las medidas cautelares establecidas para los consejeros allí residentes: y desde entonces, quedaron en libertad.
 
Una euroorden retirada dos veces

Llarena ha retirado la euroorden contra Puigdemont dos veces. No una, no. Dos. Y hay que recordar que la primera vez que la retiró fue instantes antes de que el juez belga dictase su resolución al respecto. Porque Puigdemont se puso al servicio de la justicia belga desde el primer momento, y precisamente por ello, el juez -en Bruselas- consideró que no había que solicitar ningún tipo de medida, concretamente la de la prisión preventiva, porque le parecía que ésta podía tener unas consecuencias difícilmente resarcibles. O sea, que Puigdemont y los consejeros llegaron a Bélgica con plenos derechos, sin que hubiese ninguna denuncia contra ellos, como ciudadanos europeos libres. Y fue al llegar, días después, cuando se inició el proceso y acudieron ante la justicia belga para ponerse a su disposición. 

Como recordaba, fue entonces cuando Llarena retira la primera euroorden. Y no quedaba muy claro por qué lo hizo. Pero así fue. Y estuvo un tiempo sin reactivarla, alegando que no lo hacía porque era precisamente lo que Puigdemont quería. Esto hay que recordarlo una y otra vez porque evidencia claramente que el proceder del juez no es muy plausible. De ser cierto que Puigdemont era un delincuente merecedor de tantos años de cárcel como se le pretendía imponer, ¿cómo era posible dejarle libre moviéndose por distintos países, dando conferencias públicas y haciendo ruedas de prensa? ¿Cómo es posible haber alegado en algún momento que Puigdemont se encontraba en paradero desconocido cuando toda Europa ha seguido sus pasos y sus intervenciones? Queda raro, por decirlo suave, que Llarena haya actuado de esta manera si lo que realmente quería era que un terrible "delincuente" se sometiera a la justicia. Más bien cabría pensar que se estaba oliendo que estaba sólo en esta, y que si dejaba meter mano en el proceso a otra justicia que no fuera la española, podría salirle el tiro por la culata. Como así le ha salido. 

Y después vino la reactivación de la euroorden, todo de manera muy extraña, casi acelerada y sin sentido. Cuando Puigdemont estaba en Finlandia. Y apareció en Alemania, donde le detuvieron. Ya sabemos lo que sucedió. Y tras cuatro meses, el tribunal fue claro (en varias ocasiones): Puigdemont no había cometido delito alguno, y no lo entregaría a España por las razones que se solicitaban. Que, de entregarlo, lo harían para que fuera investigado por un posible delito de malversación, que en absoluto tiene nada que ver con los graves hechos que Llarena quería imputarle. 

Y como esto no gustó en España, se alegó falta de lealtad y no se cuántas cosas más. Se insultó a Alemania, a su justicia, a sus ministros y a todo el que pudiera contradecir el relato construido desde España. Y lejos de actuar como algunos esperaban, esto es, aceptar la extradición para investigar una malversación y en su caso recurrir a la justicia europea, Llarena volvió a recular. Retiró la euroorden y trató de vender su decisión como quien se enfada y decide que no respira más. 

Ahora podemos seguir leyendo en artículos de medios como El País, argumentos que insisten en tratar de explicar que Alemania no podía meterse en el fondo del asunto para juzgar por qué si o por qué no debía ser entregado Puigdemont. Y siguen tratando de explicar que no existe reciprocidad ni lealtad entre los sistemas judiciales. Siguen en plena pataleta. Es hasta cierto punto comprensible: a ver quién le pone ahora el cascabel al gato y se pone a deshacer toda esta madeja de despropósitos que lo único que han hecho ha sido dejar a la justicia española a la altura del betún. Por los suelos. 

En definitiva, haber quedado en evidencia delante de todo el mundo, pretendiendo poner violencia donde solamente hubo urnas y gente pacífica votando, va a ser muy difícil de olvidar. Y lo mejor sería que dejasen de insistir en ese falso relato de los golpistas y los delincuentes, porque cuanto más lo digan, más absurdo resultará todo. 

Llarena pide ayuda al Consejo General del Poder Judicial, porque como magistrado del Tribunal Supremo, está aforado. Y pide que intercedan por él ante la llamada de la justicia belga. Veremos qué ocurre cuando este jueves, den respuesta a su solicitud. Y veremos qué sucede en Bélgica con este asunto. 

De momento, el ridículo que estamos haciendo los españoles no nos lo quita nadie. Y cuanto más nos empeñemos en tratar de esconder la cabeza como el avestruz, peor. Pero parece que no quieren reconocerlo, porque es muy grave. 

Nada debería sorprendernos ya de quiénes según información publicada, se han venido dedicando a colocar a las hijas de sus colegas, saltándose las normas más básicas y los procedimientos establecidos para quienes han opositado. Por lo que parece todo está podrido y solamente trata de salvarse con mentiras, favores y relatos que traten de salvarles. 

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