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sábado, 23 de septiembre de 2017

¿POR QUÉ LA INDEPENDENCIA DE CATALUNYA ES INEVITABLE?




Hace unos meses escribí un artículo que tuvo muy buenas críticas. En él hacía referencia a que el problema del conflicto catalán radica en que ambas partes tienen diferentes reglas del juego, y así es imposible llegar a acuerdos comunes.

Hoy quiero profundizar más, y me gustaría llegar al que creo que es el epicentro del conflicto, que es la diferencia entre la sociedad catalana y la española.

En política, se han diferenciado siempre dos grandes bloques, la izquierda y la derecha. Pero es una clasificación simplista que nos arrebata la posibilidad de utilizar conceptos más adecuados y entendedores. Llamamos izquierda o derecha a dos diferentes tipos de enfoque, porque son las posiciones que ocupaban en el parlamento francés los dos grandes bloques políticos que surgieron tras la revolución francesa.

Pero realmente, la gran división en la forma en cómo la gente entiende la política, sería entre progresistas y conservadores.

Como a mí me gusta mucho la política, tengo muy interiorizados estos conceptos, pero si tuviera que definirlos de manera rápida y elocuente para hacerlos comprender, esta sería la manera en cómo lo haría:

Conservadurismo: Pensamiento político en el cual las leyes o reglas marcan el comportamiento de los individuos.

Progresismo: Pensamiento político en el cual el comportamiento de los individuos marca las leyes o reglas. 

Un ejemplo de organización conservadora serían las religiones. En ellas, los individuos deben comportarse como lo dicen sus libros sagrados. Por años que pasen, las reglas serán las mismas y son las personas las que se deben adaptar a las leyes, y no al contrario.

Y un ejemplo de organización progresista serían las empresas. Las políticas internas o maneras de actuar, se adaptarán a la conducta de los individuos. Las empresas observan el comportamiento de la sociedad para lanzar productos o servicios que se adecuen a la mentalidad o a las necesidades actuales. Los reglamentos de las empresas se adecuarán al mercado, y no al contrario.

Podemos tomar el matrimonio homosexual como un hecho que es diferentemente interpretable dependiendo con qué tendencia política se juzgue. Un conservador aducirá que el matrimonio es la unión entre un hombre y una mujer, y cualquier cosa que no sea eso, no es un matrimonio. Porque así lo dicen “las leyes”, así ha sido siempre y así debe seguir siendo

Bajo el prisma del progresismo, si llegados a un punto de la historia se ha podido comprobar que los homosexuales no son personas enfermas (como se ha pensado en muchos periodos de la humanidad) y se ha podido demostrar que la homosexualidad es tan natural como la heterosexualidad, las leyes se han de revisar para poder dar cabida a este nuevo pensamiento, a este nuevo progreso. Así pues, las leyes deben ser reescritas y se han de adaptar a los nuevos tiempos, a una nueva mentalidad.



¿Es mejor ser progresista que ser conservador? No.


Tampoco al revés. Ser conservador o ser progresista es una elección personal, que no nos sitúa por encima del pensamiento contrario. Simplemente indica la forma cómo entendemos el mundo y la manera en cómo pensamos que se han de organizar las sociedades. 


Pero un conservador no es mejor persona que un progresista, y viceversa.

Lo que es cierto, sin embargo, es que la convivencia bajo un mismo techo de tan diferentes maneras de entender la vida nunca será fácil. Nunca.


Y no descubro nada si afirmo con rotundidad que Cataluña es un territorio progresista, mientras que España es claramente conservadora. 


¿Es mejor Cataluña que España por ser progresista? No. Tampoco al revés. Pero es obvio que las diferencias de pensamiento a veces resultan insalvables para convivir juntos.

Ahora mismo, la base troncal del conflicto catalán es la celebración del referéndum el próximo 1 de octubre. Y aquí se ve reflejado la gran diferencia de pensamiento.


En España se aduce que el referéndum es ilegal porque la Constitución así lo dice. Es la prueba más fehaciente del conservadurismo. Hay unas reglas escritas que hay que seguir, y el comportamiento de los individuos se ha de adaptar a lo que dice la Constitución, como si los tratados que se firmaron en el 78 fueran textos sagrados bajados directamente del monte Sinaí.


En cambio, en Cataluña el apoyo a un referéndum de autodeterminación es del 80%, porque un progresista siempre estará de acuerdo en reescribir las leyes en el caso de que sea necesario.

El choque entre Cataluña y España es el choque entre el conservadurismo y el progresismo. Es la lucha entre el que no quiere cambiar nada contra el que quiere reformarlo todo. Es el conflicto permanente entre el que quiere conservar lo que tiene, y el que quiere cambiarlo todo para progresar.


España es un estado conservador y centralista en el que no caben las ansias de progreso de un pueblo como el catalán, por eso los diferentes intentos para conseguir el ansiado encaje de Cataluña en España han fracasado.

Porque para un conservador, es muy difícil aceptar que las reglas del juego pueden cambiar y verdades irrefutables como pueden ser la Constitución, las tradiciones y las leyes no escritas puedan ser sustituidas creando un nuevo orden en el que conceptos que creían inamovibles pasan a ser obsoletos.

Y paralelamente, para un progresista es muy difícil aceptar que existe una barrera que no se puede rebasar, que hay leyes que no se pueden cambiar, que hay lugares por los que no se puede pasar.

La independencia de Cataluña es inevitable, porque no pueden convivir dos mentalidades tan diferentes a no ser que una de las dos quiera cambiar.


Y en este punto, veo improbable un cambio importante en cualquiera de las dos partes.

Porque creo que es inviable un cambio profundo en España. Dudo que algún día modifique su Constitución para que los catalanes puedan votar. Que se convierta en República, renunciando a la monarquía. Que desestime tradiciones como los toros, ya abolidos en Cataluña. Que acepte que Barcelona es mucho más internacional que Madrid y que, por ejemplo, el Prat pase a ser el aeropuerto principal de España. Que se convierta en un estado federal donde cada región se autodetermine. Que abandone el centralismo, el conservadurismo, el tradicionalismo.

Y paralelamente, no veo a los catalanes resignándose a no poder votar cosas que les afectan directamente. Renunciar a ser una república. A acatar que Barcelona nunca superará a Madrid por limitaciones impuestas por una estructura de estado inflexible, jacobina e inamovible. No veo a los catalanes resignándose a toparse continuamente con una muralla que frene su progresismo, su emprendeduría innata, sus ganas de avanzar. No imagino a Cataluña aceptar el lastre de formar parte de un estado cuya estructura definida siempre la relegará a una segunda posición porque el modelo de estado prioriza una centralidad establecida hace ya muchos años.


Es lícito, legítimo y aceptable montar un estado pensando que la centralidad es un buen sistema para el bien común del mismo estado. Pero también es lícito, legítimo y aceptable no querer formar parte de ese estado si tu crees que esa centralidad ahoga los anhelos de progreso de tu territorio.


Cataluña y España ya no caminarán juntos de la mano, porque van a lugares diferentes

Si hay una razón por la que a día de hoy el independentismo no es mayoritario en Cataluña, es porque todavía hay mucha gente con lazos emocionales y afectivos a España. Queda aún mucha población con vínculos muy latentes, producto de ser aun descendientes de la masiva inmigración andaluza y murciana de los años 60 y 70 (entre los que se encuentra mi familia por parte de madre).


A medida que se disipe el poso español en las familias venideras, el abrazo al independentismo será mayoritario. Hay estudios estadísticos que sitúan en un 90% a los favorables a la independencia en aquellos que tienen padres y abuelos nacidos en Cataluña. Por contra, apenas se llega al 20% en aquellos en que ninguno de sus descendientes ha nacido en tierras catalanas.


La demografía, irrefutable en su cometido, será la que haga pasar de un 50% de favorables al independentismo a instaurar una mayoría holgada.

Por eso nunca he entendido que España no haya permitido un referéndum en Cataluña en los últimos 10 años, cuando la victoria estaba asegurada, y tampoco nunca entenderé a los gobernantes de Cataluña, con una prisa incomprensible por realizar un referéndum cuanto antes, sabiendo que esperar apenas unos 10-15 años es asegurarse una victoria clara en las urnas.


Ya no tiene sentido preguntarse si Cataluña será independiente o no. Es obvio que tarde o temprano será un nuevo estado, cuando se desvanezca el sentimiento de fuerte españolidad que tienen aún los que nacieron fuera de Cataluña y sus respectivos hijos. Será entonces,cuando la emoción quede a un margen, cuando ya será imposible defender que un territorio tan progresista como Cataluña continúe enconsertado en una estructura tan conservadora como el Estado español.

Ahora que ya no hace falta preguntarse si Cataluña será independiente o no, otras preguntas ocupan el interés de muchos. Las preguntas que ahora debemos hacernos son el 'cómo', el'cuándo' y 'en qué condiciones'.


A las tres preguntas tengo mis preferencias, mis deseos que espero se conviertan en realidad.


En cuanto al 'cómo', desearía con todas mis fuerzas que fuera un proceso 100% pacífico. Porque la independencia de Cataluña no merece ni una sola gota de sangre derramada. La unidad de España tampoco.

En cuanto a 'qué condiciones', también tengo un anhelo: me gustaría que Cataluña y España conservaran una relación estrecha y fraternal. Porque España es un país increíble, con gente espléndida, con una cultura extraordinaria y con miles de cosas que nos unen. Cataluña y España no ha sido un buen matrimonio, pero podemos ser unos estupendos hermanos.

Y también a la pregunta del 'cuándo' tengo clara mi respuesta: lo suficientemente pronto como para que mi padre pueda verlo.

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