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viernes, 17 de febrero de 2017

¨LAS ELECCIONES YA NO SIRVEN..."


“¡Vota, vota!” exclama en mitad de nuestra entrevista el belga David Van Reybrouck (Brujas, 1971), cuando ve pasar por la Gran Vía un autobús con ese lema en uno de sus laterales. “Si necesitan utilizar esa clase de carteles, es porque la gente no quiere votar”. El autor se encuentra en Madrid para promocionar 'Contra las elecciones. Cómo salvar la democracia' (Taurus), un volumen aparentemente provocador que nos hace replantearnos todas nuestras ideas sobre la toma de decisiones. Por ejemplo, que "elecciones" es sinónimo de "democracia".
“En el supuesto de que hoy en día se tuviera que inventar un modo de conocer la voluntad popular, ¿se consideraría buena idea que la gente acudiera cada cuatro o cinco años con un papelito en la mano a una oficina electoral donde, en la penumbra de una cabina, marcaría con una cruz no una idea, sino nombres de una lista sobre la cual durante meses habría oído toda suerte de comentarios proferidos desde un entorno comercial que se nutre precisamente de la agitación?”, se pregunta en el libro. ¿“Nos atreveríamos a llamar a ese ritual extraño y arcaico 'la fiesta de la democracia'?

El diagnóstico de Van Reybrouck es certero. Las elecciones y los referendos son sistemas peligrosos, porque los políticos solo piensan en el corto plazo –ser elegidos en la próxima votación– y no en el largo, es decir, solucionar los verdaderos problemas de la gente. La política se ha convertido en un partido de fútbol en el que unos y otros se lanzan acusaciones mutuas con un objetivo electoralista, amplificadas por los medios de comunicación. Mientras tanto, el ciudadano, más informado que nunca, no tiene voz ni voto (bueno, tan solo una vez cada cuatro años).



Frente a ello, el autor de 'Congo' propone una democracia deliberativa, en la que grupos de trabajo formados por ciudadanos anónimos y apoyados por expertos de diferentes campos tomen libremente las decisiones que les afectarán. El azar juega un papel importante para implicar a toda la población: frente al político profesional, Van Reybrouck recuerda que los experimentos con ciudadanos escogidos aleatoriamente consiguen que estos se comprometan. Como explica en el libro, tan solo ha sido durante el último siglo y medio cuando las elecciones por votación han sustituido a la selección al azar.
Van Reybrouck pronto experimentará con su programa G1000 en Madrid, con el objetivo de ensayar si una democracia alternativa es posible en nuestro país. De su mano nos sumergimos en las fallas y defectos de un sistema en el que “despreciamos a las personas que elegimos, pero idolatramos las elecciones”.
PREGUNTA. ¿Por qué son tan peligrosas las elecciones en nuestras democracias?
RESPUESTA. La gente ya no confía en ellas. En todas las democracias occidentales hay un gran descontento hacia los políticos y los partidos. Hay estadísticas de Transparencia Internacional que señalan que la institución pública en la que menos se confía es en los partidos políticos, incluso en Noruega. Un 41% de los noruegos creen que los políticos son tremendamente corruptos. En Bélgica es un 67%. En Francia, un 70%. En España, un 80% y en Grecia, un 90%.
Es un problema. Entiendo que la gente desconfíe cada vez más, porque las elecciones son una forma de hacer democracia pasada de moda. La manera de plantear las elecciones que viene desde finales del siglo XIX está desfasada, es primitiva y arcaica. Lo único que ha cambiado entre la invención de las elecciones y hoy es que cada vez más gente tiene derecho a votar. Etimológicamente, la palabra “elecciones” y “élite” son lo mismo. Hoy vemos cómo la educación, la comunicación o la información han sido democratizadas, así que no podemos seguir trabajando con un proceso de una era en la que la gente no sabía leer o escribir, no tenía acceso a la información, el transporte era lento… Es como ir en coche de caballos por la autopista.
Los ciudadanos de hoy en día tienen más acceso a información, pero solo pueden hablar una vez cada cuatro años, marcando una casilla en un papel. Es como ver un partido de fútbol, con la diferencia de que afecta a todo el mundo y las dos personas que deciden sobre tu futuro tan solo se preocupan de ganar las siguientes elecciones. La gente no tiene acceso al terreno de juego, excepto cada cuatro años. Entonces, toda la furia que se ha acumulado explota. Es normal que aparezcan movimientos populistas. Es la reacción normal a un sistema en el que la gente ve lo que está pasando pero no puede influir en ello.
[En este vídeo de tres minutos, Van Reybrouck sintetiza las principales tesis de 'Contra las elecciones. Cómo salvar la democracia]
P. ¿Victorias inesperadas como la de Donald Trump o el brexit son el síntoma de que las elecciones no funcionan?
R. No son incidentes aislados, sino que señalan algo subyacente. Tengo la ventaja de ser belga: ya presenciamos en 2010 la crisis de la democracia, cuando pasamos un año y medio sin gobierno. El día que me di cuenta de que no era un problema belga sino de todo el mundo empecé a trabajar en este libro. Antes de hacerlo, organicé una cumbre con 1.000 personas. Era un intento de mostrar que los ciudadanos son capaces de hablar de su futuro más allá de las elecciones y los referendos, porque en esos casos las decisiones se toman sin que la gente esté necesariamente informada.
En lo que llamamos democracia deliberativa hay mucho más intercambio de información. Se está aplicando en Irlanda ahora, y consiste en tres pasos: coges a la gente por sorteo, te aseguras de que puedan discutir con toda la información y lo extiendes para que cada vez más gente tenga acceso.
P. ¿Cómo se aplica algo así a escala nacional, en un país con 40 millones de habitantes como España?
R. La democracia siempre ha evolucionado desde lo local hasta lo nacional. Comenzó en Atenas, una pequeña ciudad, y hoy tenemos a la India, que es la mayor democracia de la historia con 2.000 millones de personas. Si le hubieses dicho a Pericles que un día su sistema iba a ser utilizado a esa escala no lo habría creído. En Europa, hay países pequeños que lo han empezado a utilizar, como Bélgica o Irlanda. En este último,1.000 ciudadanos han sido elegidos por sorteo para decidir cómo debe reformarse la Constitución respecto al aborto. Es importante, ya que los partidos políticos no pueden tomar esa decisión, porque temen perder las siguientes elecciones, y los referendos no son la mejor opción porque son demasiado emocionales y dividen el país. Es lo que ha pasado en Inglaterra: hasta Jo Cox ha sido asesinada por el brexit.
Pasó lo mismo hace un par de años con el matrimonio homosexual, y funcionó muy bien. Tomaron información de otros ciudadanos, de los activistas, de la Iglesia, se sentaron juntos y recomendaron que la Constitución se cambiase, la proposición llegó al Parlamento, y después pasó a ser un referendo. Fue la primera vez en la historia en la que ciudadanos elegidos al azar tomaron una decisión tan grande. En Islandia, 25 personas han estado reescribiendo la Constitución entera. Eran ciudadanos normales.
También sé que en Madrid se está discutiendo si se peatonaliza la Gran Vía, pero es un referendo 'online'. No creo que sea suficiente. Estoy oyendo que mucha gente no va a votar por ser en internet, y porque tienen la impresión de que es algo muy técnico. Lo que yo haría es elegir 300 personas, y asegurarme de que haya la mayor diversidad entre ellos. Comerciantes, ciudadanos, gente que pasa por dicha calle… Y les daría tres meses que pudiesen consultar con expertos qué han hecho otras ciudades, porque Madrid no es la única ciudad que tiene mucho tráfico, ¿verdad? Hay que dar tiempo e información para que tomen una decisión, y va a ser mucho más razonable que la que se obtendría de un referendo o un partido político, porque estos tienen que servir al bien común en largo término, pero las elecciones son a corto.
Otro ejemplo. Australia es muy innovadora, y el Estado de Australia del Sur tuvo que tomar una decisión imposible. Es un Estado desértico y pobre, pero tenían la posibilidad de convertirse en el vertedero nuclear mundial. Los políticos nunca podrían tomar esa decisión, porque si dijesen que sí por razones económicas, la población habría protestado. Habría pasado lo mismo con un referendo. La gente votaría con las tripas, no el cerebro. Así que cogieron un grupo de ciudadanos y les dieron toda la información de la que disponían, y varios meses después, decidieron que no era una buena idea. Aunque un referendo hubiese dado el mismo resultado, habría sido irracional.
El problema es que nuestras democracias son demasiado silenciosas. Votamos en silencio y luego, volvemos a hacerlo silenciosamente en Facebook. Cuando he organizado estos procedimientos y veo a la gente hablando tranquilamente en mesas, como si fuese una boda, de una forma civilizada, escucho el sonido de la democracia: gente hablando junta sobre su futuro.
P. Para muchas personas, los referendos, en los que los ciudadanos votan a menudo sobre cuestiones concretas, son la solución para los problemas de la democracia. En Cataluña se ha planteado como una manera de dejar decidir al pueblo. Sin embargo, está en contra de esta fórmula. ¿Por qué?
R. Los referendos pueden funcionar sobre temas muy determinados. El problema es que a menudo se defienden porque estrechan la brecha entre políticos y ciudadanos, pero crea nuevas distancias entre sí y el no. Son muy divisores. Mira lo dividida que está Gran Bretaña ahora. Me interesa una clase de referendo que apenas se utiliza, el de respuestas múltiples. Me gustaría ver uno en el que tuvieses 10 ítems y en cada uno de ellos cinco posibilidades, desde “estoy absolutamente en contra” hasta “estoy completamente a favor”.
Respecto al Brexit, imagina que en lugar de ser “quedarnos” o “irnos”, hubiese diez posibilidades como “salir de la Unión Europea”, “quedarnos sin cambiar nada”, “quedarnos pero abordar el problema de la inmigración”… Al final, no tendrías un Reino Unido dividido, sino una lista de prioridades sobre cómo mejorar tu relación con la Unión Europea. Aunque hubiesen decidido salir, lo habrían hecho con mucha más información y opciones. La pregunta es: ¿quién debería hacer esta lista? ¿Políticos? Yo seleccionaría a 300 personas de todo Reino Unido, juntándose durante meses y con expertos para discutir las opciones. Habría sido mucho más útil que mentir a la gente y reaccionar a esas mentiras con más mentiras.

P. Volvamos a Madrid. Un problema es que mucha gente que no simpatiza con el Ayuntamiento de Ahora Madrid no votará, porque pensará que es algo de izquierdistas. Pero usted explica que no tiene nada que ver con izquierda o derecha.
R. El libro va contra las elecciones y a favor de la democracia. Me gusta el subtítulo del libro en español, “cómo salvar la democracia”. No va de izquierdas o derechas. Imagínate que vives en Madrid y no tienes ninguna simpatía hacia la alcaldesa, pero recibes una invitación para votar en el referendo sobre la Gran Vía “sí” o “no”. No lo haces porque no simpatizas con ello.
Pero imagina que Manuela Carmena envía 1.000 cartas a una muestra aleatoria de personas y les dice en esa carta que quiere cambiar algunas cosas y te preguntan si te interesa dar tu opinión. Es un proceso muy diferente. Es lo que ocurre con Utrecht, la cuarta ciudad más grandes de Holanda, donde a menudo el alcalde invita a los ciudadanos a través de cartas firmadas por él mismo a discutir temas en concreto, como la crisis de los refugiados o las energías renovables. Hablé con el alcalde, y me dijo que mi libro le había influido. Algunos de esos retos, como la crisis de refugiados, eran nuevos, no existían cuando se celebraron las elecciones, y él quería saber qué opinaba la gente.
La idea de que los políticos son elegidos y saben lo que desea la gente, lo que va a desear, y qué es lo mejor para ellos para los próximos cuatro años es muy rara. Dejemos que sean adultos y se cierre la brecha entre políticos y ciudadanos. Los políticos no saben todo, necesitan información de la gente. Si sigues al PP o Ciudadanos y recibes una invitación de una alcaldesa a la que no has votado, verás que hay una verdadera intención de conocer tu punto de vista, y obtendrás una respuesta diferente.
El problema con los referendos es que siempre recibes respuesta a una pregunta que no has planteado: ¿te gusta la persona que lo ha planteado? ¿Te gusta David Cameron? Vota “quedarnos”. Si no te gusta, vota “salir”. No es una buena idea. Espero que Manuela Carmena no sea tan estúpida como Cameron o Renzi y lo haga explícito, en plan “mi carrera política depende de esto”.
P. Es llamativo que incluso en los partidos donde más se ha fomentado esta toma de decisiones, como Podemos, han salido ganando las figuras carismáticas. El pasado sábado, por ejemplo, Pablo Iglesias ganó por goleada en Vistalegre II. ¿Por qué nos resulta tan difícil rechazar la figura del líder?
R. Mientras la democracia se reduzca a elecciones y a debates de televisión, se necesitarán figuras carismáticas. Es una parte de la democracia moderna, pero también lo es que los ciudadanos hablen. Los ciudadanos deben determinar el futuro de la sociedad. En la famosa frase de Abraham Lincoln, que decía que la democracia es “el gobierno de la gente, para la gente, por la gente”, la última parte no se ha cumplido. Tengo la impresión de que España es un país bastante binario. Se hizo un experimento sobre Educación, un tema muy controvertido en Irlanda el Norte, donde la guerra entre protestantes y católicos era aún más dura. Reunieron a padres e hijos para reformar los colegios, y los padres plantearon por qué no llevar a sus hijos al colegio más cercano, fuese católico o protestante.
Para los políticos esto era impensable, los líderes carismáticos estaban en contra de ello. Pero en apenas un fin de semana los padres se habían puesto de acuerdo. Nos muestra cómo funciona la democracia en sociedades tremendamente polarizadas. Los padres encontraron soluciones que funcionan, pero una democracia que se limita a líderes carismáticos que pelean entre ellos está abriendo la brecha, no cerrándola. La democracia consiste en aprender a convivir con el conflicto, y a menudo las redes sociales y los medios comunicación hacen las diferencias más grandes de lo que realmente son. Tenemos muchas más cosas en común que las que nos separan.

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