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lunes, 19 de diciembre de 2016

LA TRAICIÓN DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN


Muchos creen que el gran drama de nuestro tiempo y la causa principal de la decadencia y de la corrupción es el deterioro de la política y la perversión de los políticos, pero la verdad es que el periodismo está todavía más degradado y degenerado que la política y que hay periodistas cuya vileza y corrupción supera las de los peores políticos. 



La mayoría de los medios de comunicación actuales han abandonado el "cauce" democrático y se han aliado con los grandes poderes. Hay algunas excepciones, pero son pocas. Muchas redacciones permanecen indiferentes ante las “fechorías” antidemocráticas de los gobiernos, los partidos políticos y las élites dominantes, aceptando el humillante papel de “correa de transmisión” que el poder impone al periodista, reconvirtiéndolo en un vulgar propagandista. Sin embargo, también es justo reconocer que muchos periodistas pugnan en condiciones casi heroicas por mantener la independencia y defender la verdad en los medios que los emplean, una lucha tan ejemplar como imposible de vencer porque los medios, sin otra moral que el beneficio, ya se han entregado a los grandes poderes. 

Kapuscinski entendía el periodismo unido a la verdad y enfrentado a la opresión, y recordaba que el gran periodismo era capaz de salvar vidas y de modificar el curso de los acontecimientos, ayudando al ciudadano a entender el mundo que le rodea. 

Oscar Wilde, refiriéndose con seguridad al periodismo, afirmaba que la desobediencia “es la virtud original del hombre”, mientras un análisis imparcial de la Historia demuestra que uno de los más nobles empeños humanos es el que le enfrenta al poder. 

Pero esos conceptos limpios y democráticos del periodismo están hoy casi desaparecidos y perdidos en la inmensa marea creciente de los periodistas que ejercen como perros del poder, mercenarios y esclavos voluntarios. 

Los profesionales de la opinión se han convertido hoy en la élite mediática. El poder teme tanto a la verdad y a la información que ha promovido y encumbrado a los "opinadores profesionales". La opinión está en la cumbre, en manos de profesionales casi siempre comprados o voluntariamente al servicio de algún poder, en espera de ser recompensado, que crecen como las setas y se dedican con plenitud a marcar tendencia y a corromper con sus estúpidos y parciales debates la libertad, la verdad y el pensamiento democrático. En ese siniestro "paquete" de "opiniatras" figuran tertulianos, editorialistas, cronistas, entrevistadores y otros especímenes del periodismo que tienen en común ser profesionales del comentario. 

Todos ellos se deben a sus patrocinadores y al "pedigrí" que llevan en la mochila, lleno de sensibilidad política, sumisión a un determinado poder y espíritu mercenario, capaz de opinar como quieran sus dueños, con tal de recibir dinero y privilegios a cambio. 

Están dominados por el electoralismo y el partidismo, pero desconocen la democracia, que es libre debate y capacidad de convivir y cooperar en la discrepancia. Nunca hablan de las terribles carencias del sistema, sino que predican la bondad de una "democracia" que no existe. Destacan los enfrentamientos partidarios y las competiciones politiqueras y lo hacen no para destruir ese cáncer, sino para fortalecer a los partidos y las falsas disputas. Están fascinados por la partitocracia y los sondeos y eso les lleva a ser los mayores puntales de la política despolitizada y de la democracia degenerada y ajena al ciudadano. Jamás revelan sus fuentes, que en la mayoría de los casos no existen, pero apuntalan sus afirmaciones con misteriosas filtraciones inventadas y sondeos inexistentes. 

Suelen ser entusiastas de la economía y de lo que llaman "los mercados" y han aprendido un lenguaje automático que incluye una superficial jerga económica que a los imbéciles les suena a culta y experta. Les fascinan conceptos como las cifras del paro, la deuda, las cargas sociales, los emprendedores y los impuestos, pero ni se preocupan de lo que está detrás: los desempleados, los hambrientos, las familias destrozadas, las empresas arruinadas, la burocracia política que destruye a los emprendedores, el cobro de impuestos injustos y desproporcionados por un Estado voraz, codicioso e insaciable... 

Son como "drones" que contemplan el mundo desde arriba, pero que son incapaces de entrar en los detalles, que son los que conforman la realidad y la verdad. Son tan superficiales como las prostitutas de los escaparates de Amsterdam. Son gente que suele escribir libros efímeros y "pret a porter", para gente superficial y débil de intelecto, crónicas sobre la actualidad que envejecen en unas semanas, pero que a ellos les sirven para engordar los curricula y cobrar más por sus diarreas verbales. 

En apariencia son hijos de la democracia y de la libertad de expresión, pero en ellos todo es truculento y en realidad son agentes del engaño, actores de un pluralismo anémico, policías del pensamiento y escuderos fieles de la "élite" y del establishment. 

Sus debates y entrevistas suelen ser falsos y embaucadores porque en ellos todo es artificial y engañoso: invitados previamente chequeados para que no digan verdades comprometedoras, comentaristas sometidos, enviados de los partidos más poderosos, marionetas a las que le pagan para defender a la derecha o a la izquierda, etc. Todo lo organizan y diseñan para dar la sensación de libertad, cuando todo lo que despliegan es esclavitud encubierta. Todo es frivolidad barnizada de actualidad: Europa es una pugna entre euroexcepticos y filoeuropeos; la política se divide en "derechas e izquierdas"; el mundo es de "buenos y malos"; el escenario mundial se divide entre "democracias y dictaduras", los humanos son "ciudadanos o antisistemas". Todo es maldita manipulación frívola y bastarda. Por eso vetan a los periodistas y pensadores libres. Por eso siempre salen los mismos en los debates televisivos y radiofónicos: gente que es tolerada por el poder y que jamás cuestiona la esencia del sistema. 

Por fortuna, aunque todavía son "eficaces", la gente empieza a descubrir su falsedad y poca fiabilidad y emigra hacia otros medios y foros donde la verdad está presente. Los comentaristas proscritos y malditos cada día son más fiables y están más cotizados, mientras que los que brillan en los grandes medios caen cada día más en el descrédito y el desprecio. 

Francisco Rubiales 

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