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lunes, 24 de octubre de 2016

OBSESIÓN POR EL PODER


Para que se forme un gobierno en España ha tenido que ocurrir un desastre: que el PSOE, uno de los dos grandes partidos del país, se destroce y salte por los aires. Los socialistas, sólo por miedo a unas terceras elecciones, van a permitir que Rajoy, un gran mediocre ampliamente rechazado por buena parte de la sociedad española, sea investido como presidente del gobierno. 


Las dos últimas elecciones generales en España han demostrado que no hay políticos de derecha y de izquierda, ni progresistas ni carcamales, sino únicamente políticos inútiles y dañinos. Las cámaras parlamentarias abrieron dos veces y los diputados y senadores cobraron sus sueldos, pero sin hacer nada útil para la nación. Ni siquiera fueron capaces de cumplir el mandato popular de formar un gobierno. 

Tras el derribo del Muro de Berlín, la diferencia entre izquierdas y derechas no es ya ideológica sino sentimental y sociológica. La derecha tiene un apego a las tradiciones y la izquierda se caracteriza por una rebeldía contra posiciones tradicionales de tipo religioso o moral, como tendencias sexuales, anticlericalismo, aborto etc. . 

En la práctica, todos son capitalistas, socialdemócratas y tienen como rasgos comunes vicios antidemocráticos como el nihilismo, el desprecio a los valores, el rechazo de las tradiciones, la obsesión por el poder y los privilegios, el desprecio a los ciudadanos y el oportunismo. 

En algunos países de baja calidad democrática, como España, los políticos han abandonado las ideas y se han hecho plenamente nihilistas y pragmáticos, sin otra obsesión que el poder. Esa adoración del poder es todo un drama que está llevando a la nación hasta la pobreza, el desempleo masivo, la infelicidad de sus ciudadanos y la ruptura. 

Una de las peores tragedias de la política española es que los ciudadanos no tienen donde elegir porque no hay grandes diferencias entre los partidos y sus líderes, cortados todos ellos por la misma tijera antidemocrática y antciudadana. La gente cree que no se ponen de acuerdo para formar gobierno porque son demasiado diferentes, pero es justo lo contrario: son incapacxes de pactar porque son iguales y todos están movidos por el mismo espíritu egoísta y antidemocrático, por los mismos rasgos y vicios, sobre todo por el culto obsesivo al poder y a los privilegios. Para ellos, el servicio a los ciudadanos y el amor a la patria son sentimientos secundarios y casi inexistentes porque son presos de otros contravalores y rasgos depravados, como el de anteponer cien veces sus propios intereses al bien común y el de ansiar el poder y el gobierno, por encima de todo. 

Rajoy, Iglesias, Rivera y Sánchez, los contendientes en las últimas elecciones, eran "iguales" en lo fundamental y todos comparten los rasgos más negativos de la peor política. Se han encuadrado en partidos no porque quieran servir al pueblo o a la patria sino para alcanzar con mayor facilidad el poder y los inmensos privilegios que conlleva el control del Estado y de sus recursos. 

Hay más rasgos comunes: no creen en nada, no respetan las promesas electorales, consideran a los ciudadanos como sus enemigos, ya que es la ciudadanía la que puede arrebatarles el poder; conciben la democracia como un sistema electoral y poco más, sin admitir sus rasgos fundamentales, que son la separación de poderes, el respeto a las minorías, el sometimiento a leyes iguales para todos, elecciones realmente libres y el respeto a una ciudadanía, encuadrada en la sociedad civil, que es el contrapeso natural del poder político y a la que debe considerarse como la "soberana del sistema". En lugar de entender la democracia como "el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo", la conciben como "un sistema en el que los elegidos en las urnas tienen en sus manos un cheque en blanco que les permite hacer lo que quieran durante una legislatura". 

Pura aberración y degeneración en grado incurable. 

Todos ellos son dictadores travestidos de demócratas porque rechazan ser controlados por los ciudadanos y se niegan a rendir cuentas ante el pueblo de sus errores, corrupciones y abusos. 

La izquierda se inventa signos y rasgos que son falsos, como su pretendido amor a la igualdad y a las políticas sociales y de protección, cuando las élites de la izquierda siempre viven como príncipes y muchos de los ataques al Estado de bienestar y recortes a los derechos y las políticas sociales han sido aprobados por esa izquierda hipócrita. 

A la derecha le ocurre algo parecido. Se vanaglorian de que el Estado debe adelgazar y que el dinero, donde está mejor es en el bolsillo de los ciudadanos, pero suben impuestos, dejan seca la caja de pensiones, se endeudan con locura y despilfarran como nadie, engordando el Estado con más pienso, dinero público y enchufados con carnet del partido que la misma izquierda. 

Se han apoderado del Estado y, desde el Estado, ejercen su dominio ilícito sobre una ciudadanía que ha sido injusta e ilegalmente relegada del poder y marginada de todo proceso de toma de decisiones. Utilizan sus partidos, carentes de democracia interna, para dominar el Estado y ejercer un gobierno prácticamente sin controles ni limites, que muy poco tiene que ver con la democracia. 

El colmo de su indecencia se manifiesta en el perverso corporativismo que les une y que hace que se sientan mas cerca de sus adversarios políticos que de los ciudadanos, a los que temen siempre porque son los testigos de sus abusos y arbitrariedades y las víctimas de sus pésimos gobiernos. 

Las consecuencias de esa depravación política, ideológica y ética es la que se percibe en España a simple vista, salvo para ciudadanos cegados por la pasión y la pequeñez cerebral, que siguen votando a sus verdugos una y otra vez: desempleo, avance de la pobreza, incapacidad para formar gobierno, existencia de un Estado monstruoso e incosteable, plagado de políticos inútil que agotan los recursos y las finanzas, corrupción, abuso de poder, arbitrariedad y avances en casi todas las suciedades, desde blanqueo de dinero a prostitución, drogas, violencia, fracaso escolar, baja calidad de la enseñanza, trata de blancas, arrogancia del poder, desigualdad, etc. 

Francisco Rubiales 


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