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jueves, 14 de enero de 2016

EL CIRCO DE WALL STREET


La semana próxima se estrenará en España 'La gran apuesta', la versión cinematográfica realizada por Adam MacKay del libro homónimo de Michael Lewis. Más allá de la valía formal de la obra y de las consideraciones airadas que ha provocado, de las cuales ya dio noticia 'El Confidencial, importa reparar en algunos de sus hechos de cara a extraer lecciones para el futuro. Es lugar común que la industria de la inversión no ha aprendido nada de lo ocurrido, y que continúa manejándose con los mismos esquemas, lo cual resulta preocupante. 
Sin embargo, hay un aspecto que suele pasar desapercibido: la mayoría de críticas se centran en aspectos como la avaricia y en la eliminación de los incentivos que la desatan, en la necesidad de regulación que la contenga o en el establecimiento de líneas rojas para que el ciudadano de a pie no tenga que pagar el rescate de bancos demasiado grandes para caer. Pero lo que el libro de Lewis subraya es la enorme ineficiencia, y las dosis increíbles de mala gestión que imperan en Wall Street y que se aliaron con el deseo de hacerse ricos. 
Lo que Lewis viene a decir en esta historia real en la que unos pequeños inversores avispados anticiparon lo que estaba llegando y lograron conseguir grandes beneficios de ello, es que si en las finanzas trabajan los tipos más brillantes e inteligentes del mundo, que dios nos coja confesados. Los siguientes extractos de la obra, todos reales, señalan algunas de las situaciones que corroboran su tesis: 

“¡Pero si es tonto!”

Steve Eisman, uno de los miembros del equipo de Cornwall Capital (la empresa que apostó contra las hipotecas basura y que es el centro de la obra) estuvo presente en una reunión entre el director financiero de Merril Lynch y los principales accionistas del banco, en la que aquél explicaba que ese pequeño problema con las hipotecas basura que aparecía por el horizonte estaba firmemente controlado por los modelos de riesgo que la firma utilizaba. Cuando Eisman afirmó categóricamente que estaban equivocados y que su sistema no funcionaba en absoluto, lo tomaron como un simple intercambio de opiniones y le ignoraron por completo. No era la primera vez que eso ocurría, o que se reían de ellos por ser una pequeña firma que iba a contracorriente. De hecho, ese desprecio y esa ignorancia corporativas fue lo que permitió a estos pequeños inversores astutos hacerse ricos. 


Estaba allí sentado escuchándole y tuve una revelación. Me dije ¡el tipo que controla uno de los mayores bancos del mundo es tonto!
Como cuenta Lewis, “A primera vista, aquellas grandes firmas de Wall Street parecían robustas; pero Eisman empezaba a pensar que, en el fondo, era posible que sus problemas no se limitaran a una potencial pérdida de ingresos. Si de verdad no creían que el mercado de las hipotecas basura fuese un problema para ellos, entonces el mercado de las hipotecas basura podría ser su final... No sabían con certeza si aquellas firmas estaban de algún modo al otro lado de las apuestas que él había estado haciendo contra los bonos basura, pero cuanto más observaba, más se convencía de que ellos tampoco lo sabían. Asistía a reuniones con presidentes de empresas de Wall Street y les formulaba las preguntas más básicas en relación con sus balances generales. 'No los conocían -explicaba-. ¡No conocían sus propios balances generales!'. En una ocasión se hizo invitar a una reunión con el presidente de Bank of America, Ken Lewis. 'Yo estaba allí sentado escuchándole y tuve una revelación. Me dije, ¡Dios mío, pero si es tonto! ¡El tipo que controlaba uno de los mayores bancos del mundo era tonto!”. De modo que Eisman y sus compañeros vendieron en corto Bank of America, junto con UBS, Citigroup, Lehman Brothers y algunos otros, con grandes resultados.

El inversor tras una noche de juerga

La historia de John Devaney es reveladora de hasta qué punto se puede conocer la situación y estar ciego respecto de sus consecuencias, incluso para uno mismo. Devaney sabía cómo nadie lo que estaba ocurriendo y, a pesar de ello, acabó perdiendo buena parte de su dinero. Así lo cuenta Lewis:

“Devaney patrocinaba una conferencia en Las Vegas denominada Foro de Titularización Estadounidense, en parte porque sonaba más solemne que Asociación de Préstamos Subprime. En la medida en que el mercado de bonos hipotecarios basura, podía tener líderes morales, John Devaney era uno de ellos. Y era también una persona muy entusiasta a la hora de hacer ostentación de su riqueza. Tenía un Renoir, un avión privado, un helicóptero y, desde luego, un yate. Ese año había pagado una suma enorme para aparecer en el show de Jay Leno llegando en avión  fin de dar espectáculo. 

No paraba de machacar que las agencias de calificación eran unas putas, que los títulos carecían de valor y que todos ellos lo sabían
Ahora, con el aspecto de alguien que acabara de llegar de una noche de juerga sin hacer una pausa para dar siquiera una cabezada, Devaney pronunció lo que era claramente una improvisada diatriba sobre el estado del mercado 'subprime'. “Fue increíble -decía Charlie- ¡Menuda verborrea! No paraba de machacar que las agencias de calificación eran unas putas, que los títulos carecían de valor y que todos ellos lo sabían. Dijo en voz alta lo que nosotros sólo sospechábamos. Era como si hablara de asuntos que no debía. Cuando terminó, se produjo un completo silencio. Nadie intentó contradecirle. Simplemente pasaron a hablar de otras cosas. Era como si todo el mundo fingiera que no había dicho aquello”. 


Tiempo después de esa conferencia, cuenta Lewis, cuando el mercado se desplomó, Devaney quebró y se vio obligado a vender su yate, su avión y su Renoir, a cambio de un jugoso beneficio, eso sí.  

“¿Eh? ¿Cómo? Te pierdo”

Otro de los aspectos sorprendentes es el grado de desconocimiento real de lo que estaban vendiendo. En realidad, muy pocas personas dentro de los bancos que inventaron y comercializaron las CDO (Collateralized Debt Obligation u Obligación garantizada mediante deuda) sabían en qué consistían verdaderamente esos productos, qué contenían y cuál era su nivel de riesgo. Lewis reproduce en su libro una conversación entre John Mack, entonces CEO de Morgan Stanley, y el analista de Goldman Sachs William Tanona, después de que el primero anunciara públicamente pérdidas de su empresa por valor de 9200 millones de dólares. 


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